Hola de nuevo.
Últimamente he estado publicando detalles del accidente y contando más cosas. Esto no ha sido del todo chévere, pero sí necesario para el fortalecimiento de la familia y para entender más a fondo al otro, y decir con más ganas que hasta aquí nos ha traído Dios.
Publicar esos detalles ha removido recuerdos en nosotros que, a lo bien, creímos que ya se habían superado. Más de una vez he pensado: «¿Por qué nos pasó esto?». La verdad es que no tengo ni la más remota idea, pero aquí estamos.
La mayor parte del tiempo me la pasaba en esas, como si pensar fuese a hacer cambiar de parecer a Dios. Él sí dijo que esto de las secuelas del ACV era un proceso y también dijo:
«Cómo vivan el proceso determinará cómo vivirán después».
Yo creo en un Dios de milagros. Yo creo que pudo quitarme las secuelas enseguida, porque es todopoderoso. Pero me avisó del proceso. Entre otras cosas, lo ha usado para enseñarme lo prepotente que puedo llegar a ser. Muchas veces he querido tirar la toalla, pero ese no es el ejemplo que le quiero dar a Benja.
¿Le has preguntado a Dios por tu milagro?
Hablando de mi sanidad progresiva, y retomando la pregunta…
No ha sido fácil, pero ha sido totalmente valioso. Te puede sonar medio cliché, pero es la verdad. Sería un despropósito pasar por este proceso y no aprender algo. En nuestro caso, también ha sido ver las cosas con otros ojos, siendo más empáticos. Romanos 12:15 dice: «Gozaos con los que gozan; llorad con los que lloran». (Y yo, Mike, agrego: «No seas muérgano»).

Agregaría eso porque, incluso dentro de la iglesia, vemos o sentimos lo de nosotros solamente.
Algunos milagros son instantáneos y otros llevan su proceso. Lo menciono porque ajá: a mí me tocó proceso en cuanto a la sanidad, pero en otras cosas ha actuado de inmediato.

Ahora que estoy usando silla de ruedas, hemos podido ver el estado de las calles y vías, por ejemplo. Algo que antes veíamos, pero no nos afectaba. Así pasa con la gente: vemos la necesidad, pero no hacemos algo.
Cuando salimos de la casa, Benja se pelea por poner las patas de la silla. Le contamos a la psicóloga y nos decía que, desde pequeño, mostraba un rasgo de personalidad: la empatía.¿Cuándo fue la última vez que viste más allá de tu ombligo?
Vivir con empatía no es fácil, y mucho menos demostrarlo. Pero vivir así nos acerca al corazón de Dios y nos ayuda a sentir lo que Él siente. Vivir con empatía no es de la noche a la mañana, pero se puede. Para ver milagros en la propia vida, primero hay que ser capaces de verlos en otros.
Al ver los milagros en otros, también veremos sus necesidades. Eso es tener empatía. Tener el corazón de Dios, un corazón que llora con los que lloran.
Yo quisiera quedarme quejando de mi condición, pero no. Lo que sí diré es que esta condición ha transformado mi muérgano corazón. Como una vez dije, a veces Dios rompe el corazón para salvar el alma.

Nunca me imaginé aprender esta lección así, pero ajá. El corazón de Dios nos permite ver necesidades, nos hace más sensibles. Por ahí dicen: «Una cadena es tan fuerte como su aeslabón más débil».
De eso se trata la empatía. Debemos ser conscientes de que somos individuos que hacen parte de un cuerpo, y no individuos aislados. Si algo afecta a uno, nos afecta a todos. Eso nos hace ser más conscientes.
Debemos comenzar a tener empatía y ver más allá de nuestro ombligo; ver milagros en otros para verlos en nuestra propia vida, entender que nadie quiere estar en una situación en la que necesite ayuda y saber que podemos ser los brazos de Jesús aquí en la tierra.

Un corazón empático nos acerca al corazón de Dios.
No siendo más… nos vemos en el Camino.
Responder